La extensa trayectoria de José Solé y las diversas funciones que cumplió en el teatro lo convierten en el último representante del gran proyecto de fundación del arte escénico moderno de México, aquel impulsado por el Estado como parte de la redefinición del país emprendida por los gobiernos posrevolucionarios.

En términos estéticos, Solé fue un actor, escenógrafo y diseñador, pero sobre todo, un director de escena ligado a los valores fundacionales de la puesta en escena: la dependencia del texto dramático preferentemente asumido como parte del canon, la interpretación centrada en un documentalismo histórico, la construcción funcional del espacio escénico casi siempre ligado a una base realista, y una actoralidad sustentada en sus valores formales y la personalidad de los intérpretes.

Aunque el director extendió estas nociones y prácticas a los circuitos comerciales y a aquel de los productores independientes -que también comenzaron a extinguirse en los años ochenta-, su labor principal estuvo fuertemente ligada al apogeo del teatro promovido por el Instituto Mexicano del Seguro Social y el Instituto Nacional de Bellas Artes.

En ese sentido, su largo desempeño como funcionario público marcó el cierre del proyecto teatral del INBA iniciado por los miembros de Contemporáneos, sustentado en la visión formativa de la Escuela de Arte Teatral y materializado en la producción de la Compañía Nacional de Teatro (ambas instancias dirigidas en algún momento por Solé) y dio lugar a la institucionalización del proyecto que desde finales de los años cincuenta se gestaba –casi siempre en oposición al suyo- en los terrenos teatrales de la Universidad Nacional.

A pesar de compartir de manera inevitable en su ejercicio público las bondades y los vicios del resto de las políticas de su momento, entre ellos un centralismo que se completa con la condescendencia con que se trata a los teatros de “provincia”, José Solé logró generar consenso en torno de la manera tan cordial, sobria y ecuánime en que ejerció la administración cultural. Características muy personales que, junto a un gran sentido del humor y una amplia experiencia del teatro y del mundo, lo hacían una de las personalidades más atractivas del teatro mexicano.


Rodolfo Obregón